¿Recordáis cuándo fue la última vez que tuvimos un año sin el estreno de un biopic musical? Entre los estrenos más recientes nos encontramos 'Bob Marley: One Love', 'Back to Black', 'I Wanna Dance With Somebody', el 'Elvis' de Baz Luhrmann,' 'Maestro' y por supuesto 'Rocketman' y 'Bohemian Rhapsody', y están por llegar entre otros 'Michael', las cuatro películas sobre Los Beatles de Sam Mendes y un proyecto para contar la historia de los Bee Gees que no parece terminar nunca de tomar forma. El género está tan de moda que lo convencional ha tenido que dar paso a extravagancias como 'Better Man', donde Robbie Williams es un mono, o 'Piece by Piece', donde Pharrell Williams es... un muñeco de LEGO.
Prácticamente todas estás películas tienen en común o bien historias de superación o bien el trauma del artista incomprendido, cuando su humanidad y su moral se ponen a prueba bajo el sofocante peso de la fama; también grandes secuencias musicales, con una dirección, una fotografía, una producción y un montaje enfocados en destacar sus enormes talentos y la abrumadora pasión que levantaban en sus fans, en elevarlos por encima de sus errores y de los simples mortales sin aptitudes. Y absolutamente nada de eso es 'A Complete Unknown'.
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Dirigida por James Mangold, que además firma el guion junto a Jay Cocks basándose en el libro 'Dylan Goes Electric!' de Elijah Wald; 'A Complete Unknown' es calma y contención, es la historia de un joven que llega a Nueva York donde sus canciones, su voz y su estilo llaman rápidamente la atención de la industria del folk americano y se convierte en un abrir y cerrar de ojos en uno de los artistas más importantes de los años 60 y principal compositor del resurgimiento del género. Es la historia de un músico que, tras menos de 5 años en lo más alto del panorama musical, decide traicionar su propia imagen y abandonar toda formalidad para experimentar con nuevos estilos y sonidos cambiando la guitarra eléctrica por la acústica y la canción protesta por letras pop. Es la historia de cómo Bob Dylan alcanzó la fama y se reveló contra todo lo que le había llevado hasta ella. Judas lo llamaron sus fans.
En la piel del artista, el único músico premiado con el Premio Nobel de Literatura, está Timothée Chalamet, que ha dedicado cinco años de su vida a aprender a cantar como Dylan, a moverse como Dylan, a mirar como Dylan y casi a respirar como Dylan. Dijo al recoger el SAG por este trabajo que su intención es ser "uno de los grandes del cine" y que está "en busca de la grandeza" y va por el buen camino sin que nadie le esté regalando nada. Chalamet se lleva sus personajes hasta el tuétano, los hace suyos y nos los devuelve habiéndose convertido en otro y siendo él al mismo tiempo.
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A su lado Edward Norton como Pete Seeger, probablemente la mejor persona del mundo y al que el actor dota de una enorme ternura y calidez; Monica Barbaro como Joan Baez, Scoot McNairy como Woody Guthrie y Elle Fanning como Sylvie Russo, una versión ficticia de la auténtica novia de Dylan en aquellos años, la artista y activista Suze Rotolo, una mujer que se mantuvo fuera de la imagen pública y prefirió llevar una vida privada. Parece que precisamente por respeto a su discreción, fue el propio Dylan el que pidió dejar fuera tanto su nombre como detalles personales de su relación.
Y es que aunque el ascenso a la de Dylan fue un paseo suave, con poca pendiente y piedras en el camino, el cantante fue pisando a las mujeres que le acompañaban en él. Sobre su ruptura con Rotolo, Dylan escribió 'Ballad in Plain D', de la que luego se arrepentiría, y con Baez tuvo un romance intermitente y dañino que ella inmortalizó en 'Diamonds & Rust'. En 'A Complete Unknown' se refleja muy bien el dolor amargo del amor cuando existe un desequilibrio en la forma y la intensidad del querer, en el poder y en las prioridades. Si nos creemos la película, Dylan fue un gilipollas y un egoísta, pero no fue cruel. Quería que le quisiese más de lo que era capaz de querer, quería que le priorizasen mientras él iba a priorizar la música, quería guiar y que ellas fuesen guiadas. Y es curioso como este narcisismo, esta irresponsabilidad afectiva, no entra en conflicto con su faceta más política y las comprometidas letras de sus canciones, concienciado con el mal del mundo e impasible ante la tristeza que duerme con él.
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Si Fanning retrata la integridad, la fragilidad y la resiliencia, Barbaro es fuerza, carisma e ira contenida, además de resignación. Aunque el talento de Joan Baez sea indiscutible y sin ella habría quedado cojo el movimiento de la canción protesta que surgió al calor de la guerra de Vietnam, es casi imposible brillar si tienes encima la alargada sombra que deja un genio como Dylan. Barbaro se ha ganado por su interpretación, para la que tuvo que aprender a cantar y tocar la guitarra de cero, una nominación a los premios de la Academia.
La nota que falta
Aunque prescinda de montajes musicales llenos de coreografías o escenografías desmedidas y nos siente ante conciertos a media tarde en festivales independientes, en actuaciones en teatros y salas de estudio o en habitaciones de hospital, 'A Complete Unknown' está llena de música, se desborda con el sonido de Dylan aunque es Chalamet el que versiona todos los temas de la película. Desde 'Mr. Tambourine Man a 'Like a Rolling Stone' pasando por 'Big River', 'Blowin' in the Wind' y 'Song to Woody', las canciones aparecen para conmover y electrizarnos, para ambientar su atmósfera ocre y el bonito trabajo del director de fotografía, Phedon Papamichael.
No hay demasiada tensión dramática, suspense o giros, 'A Complete Unknown' quiere ser eso tan manido que conocemos como "una carta de amor a", en este caso al espíritu del Nueva York de los 60, a la música de Dylan y a la pureza del folk. Algo similar a lo que en ficción hicieron los hermanos Coen en 'A propósito de Llewyn Davis'. Y todo esto para mí es el gran pero. Esa falta de tesis, de conclusiones y hasta de moraleja resulta en tramas chiclosas que parecen estirarse solo para que quepan más canciones y que no hacen avanzar el conflicto porque este ni siquiera existe. La película se vuelve reiterativa y pierde ritmo, hay muchos agujeros en el guion y no son de desarrollo, sino emocionales.
Si la introducción es la llegada de Dylan a Nueva York, el nudo su ascenso como estrella del folk y el desenlace su ruptura con las imposiciones de la vieja escuela del género, este llega tan tarde en el metraje y con tanta prisa que ya nos podemos sacar nada de él.
¿Por qué hizo lo que hizo? ¿Por qué se pasó al eléctrico? Pues parece que porque quiso, porque le apetecía, porque, como escribió Johnny Cash en 1964 a la revista Broadside, Dylan sabía lo que hacía y el resto solo tenemos que dejarle cantar. Mangold no se molesta en explicar este pequeño misterio, en intentar entenderlo o justificarlo, el caso es que pasó, nos explica el qué y no se pregunta más y, al terminar la película, Bob Dylan sigue siendo un completo desconocido.