El impacto fue tan potente como duradero. Nos pilló a todos desprevenidos y no fuimos capaces de ver la tormenta que era la primera temporada de 'Black Mirror' hasta que la tuvimos encima, calándonos hasta los huesos, dejándonos tiritando frente a un espejo (digital y humano) en el que se transparentaban nuestros miedos, impulsos, incoherencias, locuras y desorientación. Charlie Brooker había creado un monstruo con piezas de ser humano. Las nuevas tecnologías como heridas profundas y cicatrices irreversibles. Golpe directo al estómago. Y nueva obra maestra televisiva que sumar al catálogo.
Ocho años y veintidós capítulos después de aquel estreno, 'Black Mirror' ha ido confirmando su estatus de prodigio televisivo, a pesar de sumar algún que otro error de cálculo inesperado. Cuatro temporadas que, en sus mejores momentos, han alcanzado cotas de intensidad realmente apabullantes, construyendo horas de auténtica genialidad condensadas en giros imposibles, escenas inolvidables y desenlaces desoladores que atravesaban el más fuerte de los escudos. Una serie que, especialmente en el caso del fascinante 'Black Mirror: Bandersnatch', también sabía usar con inusitada inteligencia todas y cada una de las armas puestas a su disposición para desafiar directamente al espectador. No había pantalla. No había negociadores. No había (demasiada) trampa. 'Black Mirror' mirando fijamente y aguantando la respiración. Un reto tan estimulante como impetuoso.

Y así llegamos hasta una quinta temporada que regresa a los orígenes en su formato, tres capítulos, ni uno más ni uno menos, y con la que Brooker trata de retomar un pulso que, especialmente en los ya penúltimos compases de la serie, exceptuando su citado capítulo interactivo, parecía caer demasiado en la irregularidad. Una nueva oportunidad para acercarnos a una obra que, más allá de sus puntuales errores, se debe recibir siempre con el entusiasmo que merece lo especial, lo diferente, lo único. Y lo valiente.