
Donde anida nuestro niño perdido
Sin spoilers
Ese es el quid del film en cuestión: ¿dónde se fue ese niño que una vez fuimos? ¿Perdura aún dentro de nosotros? ¿Lo recordamos tal y como fue o sólo tenemos una apreciación esquiva que anida en nuestros sueños más recónditos?
Donde viven los monstruos es un film inclasificable. No es un alarde de pedantería barata, que va. Es la verdad. Y su director Spike Jonze es el más consciente de ello. No en vano está a su imagen y semejanza, porque para eso, él es su dios creador. Un director que ha tenido que luchar (y no me quiero imaginar cuanto), para que un estudio haya permitido semejante desparpajo creativo.
Max, el niño, es el alter ego de Jonze. En él estira las nueve frases y dibujos originales del cuento de Maurice Sendak, para hiperbolizar su onírico universo y hacer una deconstrucción de la infancia en un film cargado de dobles lecturas. Éstas, que tanto podrían pugnar para los niños como para los adultos.
Los miedos y demonios personales, la mentira, la decepción; la ira nacida desde lo más profundo e incompresible del ser, el querer ser aceptado, el afán de llamar la atención como vacuna ante una temida soledad. Todo eso y más, subyace bajo las pieles y el pijama de sus protagonistas. Y Jonze lo metaboliza en una puesta en escena soberbia, a la par que austera y efectista; apoyada en unas interpretaciones sensacionales.
Malos tiempos le han tocado vivir a este film de corte indie, de un realizador casi desconocido para el gran público, al tener que lidiar el mismo fin de semana de su estreno con el Avatar de James Cameron y su desembarco tecnológico. Es un film que crece con el recuerdo, y que con el tiempo se colocará en su sitio, porque es un cuento para niños grandes.
Críticas de los usuarios