
Ataúd social
Sin spoilers
Antes de precipitarse el personal a despotricar o menospreciar el film, sintiéndose estafado o insultado el intelecto, debiera tomarse unos minutos y procesar lo que ha vivido en la pantalla. He leído por muchos sitios voces iracundas contra Buried, y su supuesta tomadura de pelo. En esta misma página hay gente (y lícito por supuesto) que la ha vilipendiado -a mi parecer- injustamente. Y tuve que soportar en la sala, un grupo de jóvenes y no tanto que, aparte de no dejar oír, al término del pase entonaron no sé qué acerca de quemar la pantalla. Me entristeció. Porque comprobé in situ, cuán larga es la sombra de la intolerancia. Estoy seguro, que ése joven que se pasó media película con el móvil en la oreja (que por un momento creí que hablaba con el protagonista para salvarlo, pero no, sólo era su falta de respeto al resto de la platea), sería el primero en no dar ni cinco segundos de su tiempo a alguien que le llamase realmente en apuros.
Y hago este recorrido a modo de conexión con lo acontecido dentro de ese ataúd. Asistimos a un ejercicio de crítica social y su enfermiza burocracia; a los poderes fácticos del estado que, para quien no lo sepa, engloban inclusive los medios de comunicación. Unos poderes igual de enfermizos y mezquinos, que a modo de deidad contemplativa, decide si un ciudadano suyo vive o muere; así de simple. Multinacionales o empresas sin escrúpulos llenas de ácratas que no pestañean o tiemblan el pulso mientras te ponen de patitas en la calle.
Pául (estupendo Ryan Reynolds), es un daño colateral; una mercancía de cambio; el hombre medio que engloba cualquier sociedad víctima de su sistema. Existe una conversación telefónica con el secuestrador iraquí, con su posterior eco en el supuesto rescatador americano que da ánimos al protagonista, que lo aclara todo: Paúl es un simple transportista que trabaja en la reconstrucción del país que su gobierno ha masacrado impunemente; aunque sea por mantener a su familia, no en vano, es a costa del sacrificio de tantas otras inocentes. Por eso, el término "terrorista", está incluso matizado en el relato: ¿quién lo ha sido realmente?
El film se sirve como producto mainstream; obra de género con su modulación personal y un tour de force narrativo e interpretativo. Expone firme y claustrofóbicamente, el asfixia físico y moral de su protagonista, que funciona como metáfora extrapolable fuera de la pantalla a unos individuos cada vez más anodinos y desconectados de la realidad global. Buried es un dejà vú re-actualizado (salvando las distancias) de la estupenda Cabina de Mercero, y Reynolds una suerte de López Vazquez rejuvenecido, separados en tiempo y "espacios".
He leído acerca de lo inverosímil de la historia o su guión, el cual, aunque tiene cosas cogidas por los pelos, funciona si se es tomado como lo que es: una realidad fabulada. Cierto que si quieres cargarte a alguien no le dejas esos objetos dentro pero, hemos de recordar, que todos esos elementos son dispuestos por los secuestradores para sus fines personales. Y no nos engañemos, Cortés nos está contando una película casi en tiempo real, con las necesidades del medio para mantenernos pegados a su propuesta. Para aquellos que duden sobre lo verosímil o no, decirles que la realidad hace tiempo superó la ficción, y si no, miren la vergonzante pasividad de la gente viandante ante una joven desplomada en el suelo previo ataque, en una estación de Italia, que derivó en muerte por la tardanza en atenderla...
Rodrigo Cortés nos encierra junto a su protagonista durante todo el metraje sin concesiones. Los personajes al otro lado del hilo telefónico (esas voces con distintos matices) funcionan perfectamente como elemento catalizador de esperanza, amor, angustia, desasosiego, incertidumbre, rabia, impotencia, humor...; en definitiva, el único y último nexo real con el mundo. Un mundo, capaz de realizar miles de visitas para visionar un vídeo colgado en la red, donde un hombre desesperado por sobrevivir, pide ayuda con gritos ahogados por metros de tierra, sin que nadie mueva un músculo.
Cortés lo filma de forma solvente, preocupado en la forma, con oficio y puesta en escena minimalista, pero de un efectismo sorprendente. De entre sus cuatro paredes de madera, lanza un misil a la línea de flotación de los gobiernos y sus ejércitos, preocupados por sí mismos, su imagen y sus ruines negocios, aprovechándose de una masa que contempla todo como si de otro reality show televisivo se tratase: da igual si es un barco secuestrado; unos mineros bajo tierra varios meses o un simple hombre desesperado, porque, a fin de cuentas, lo que nos quiere decir es, que todos hace tiempo llevamos un ataúd social puesto.
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