
Evasión y Victoria
Sin spoilers
Clint Eastwood es un coloso del cine. De los últimos que podemos tildar de clásico viviente. Cuando un día desaparezca, el séptimo arte mirará hacia atrás y, entonces, verá en el panteón de las glorias el nombre de Eastwood al lado de Ford, Houston, Hitchcock, Welles, y tantos otros monstruos. El legado que ya va dejando es enorme.
Eastwood no se instala en el biopic al uso, en tratar de contar al público la vida de Mandela, los entresijos de un país sacudido durante décadas o sus avatares activistas tanto fuera y dentro de prisión. En lugar de eso, coge un episodio puntual de su historia, -reflejado en una reciente actualidad (1995) y a través del libro de John Corlin y su factor humano-, e hilvanar una metáfora que tenga su eco en nuestro mundo actual, acerca del veneno del rencor, los odios injustificados, el miedo a lo que no se conoce y el perdón como arma de acercamiento entre hombres; que no el religioso. Y lo hace, en una era en la que su país necesita de espejos en los que mirarse, ante la llegada de su primer presidente negro: Barack Obama; y muchas heridas que supuran desde hace décadas, y sobretodo, con la herencia dejada por el anterior mandatario del país más poderoso de la tierra.
El film muestra, -especialmente en las secuencias del partido de rugby-, una clara influencia en el tono épico a "Evasión o Victoria" de 1981, dirigida por John Houston (quizá la película más lograda entorno al fútbol). En ella, con también tintes reales, narra un partido de fútbol que tuvo lugar el 9 de agosto de 1942, entre la poderosa selección alemana, frente a ex-jugadores prisioneros en su mayoría del Dinamo de Kiev. Cómo en la película que se ambienta en 1943 y que interpreta Michael Caine, y un sorprendente portero con el tipo de Sylverter Stallone y Pelé; los prisioneros ganaron el envite, aunque estaban advertidos que si lo hacían morirían, como así fue. El film de Houston recrea hábilmente el montaje deportivo con la tensión del momento y el símbolo de esperanza que supone ver fugarse a los presos, aunque se manipule algo la historia.
En el caso de Invictus, existe cierta emoción, pero ésta no se halla tanto en el terreno de juego, como en los sucesos anteriores a la ya célebre final del mundial.
Invictus juega a ser todo lo correcta posible con el tótem que es Mandela. Se esfuerza en mostrar al hombre anciano y sabio, conocedor del potencial que supone su simbolismo. En su mensaje de tolerancia, buena voluntad, unión y hermandad de una nación, que han dado fruto de los años en cautiverio y calvario. Eso se atisba en varias conversaciones del film, en donde se esboza el pasado "terrorista" de Mandela, sin entrar en ello, a pesar de saber que estuvo al frente del comando "Lanza de la nación", último recurso armado y agónico frente al conocido "apartheid" (puesto de moda en su revisión en clave futurista de la reciente District 9).
Eastwood articula las herramientas necesarias para contar una historia que desde su tráiler ya lo está; y hacer mantener su interés a pesar de su clara linealidad. Con secuencias como la del equipo de rugby yendo a unas chabolas en medio de la nada a jugar con los niños, como claro ejemplo de comunión entre diferentes a través del deporte, a ritmo de música sudafricana, que cierto, enfatizan el momento, pero es de una simpleza, que emociona (en un film de tono más bien frío); y deja claro el por qué de la magia de ése continente. O la visita del capitán a la celda donde Mandela estuvo preso, mientras se oye el poema de "Invictus".
Como nota curiosa, he de decir, que el maestro Eastwood no hará nunca un film con muchos efectos especiales, dado que las secuencias en donde aparece un avión, caso del 747 que pasa a ras del estadio, cantan muchísimo, se nota que lo suyo es la narrativa.Y quitarnos el sombrero que a la edad de éste señor, siga teniendo esa energía para seguir realizando films.
Es digno que el film remarque que Mandela fue el primer presidente negro que tuvo ésa nación, donde son mayoría, en los tiempos mediáticos donde otro señor también lo ha sido al otro lado del atlántico, al cual le queda mucho por hacer y demostrar, frente al legado catedralicio que deja otro mito viviente.
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