
Homenaje a los clásicos
Sin spoilers
Spielberg se quita el sombrero y rinde homenaje al cine clásico con este caballo guerrero. Hacía mucho tiempo que no se fotografiaba como en esta película, que no se encuadraba como en esta película, que no se trataba el color como en esta película. War Horse nos remite directamente al estilo clásico, a los encuadres de John Ford, a los colores casi demasiado bonitos de su Hombre Tranquilo de 1951 o a los palpitantes que George Stevens pintase en sus Raíces Profundas de 1952. Y para la escena final, Spielberg pone toda la arrebatada paleta colorista con que Victor Fleming en 1939 inmortalizara en Lo que el viento se llevó a Escarlata O'Hara rábano en mano jurando no volver a pasar hambre nunca jamás en el atardecer más incendiario jamás filmado.
War Horse cumple con creces este tributo a los grandes del cine. La música, sinfónica y adecuada, del siempre buenísimo Jhon Williams, también podría haber estado nominada a los Oscars de cualquier edición de los años dorados de Hollywood. Pero no es una película redonda. Spielberg falla en el ritmo. Aquí no puede imitar a Ford ni a Stevens, que no solían firmar películas irregulares.
Historía episódica, cuenta los avatares de un caballo, desde que nace en la humilde granja de unos aparceros ingleses hasta que, de dueño en dueño, interviene en la Primera Guerra Mundial.
Spielberg no logra mantener la misma fuerza en todos los episodios, reto complicado en una peli estructurada en capítulos. Tras el largo, emotivo y muy bonito episodio inicial, superada desagradablemente la sorpresa de que el chaval y su caballo no van a ser siempre la pareja protagonista, el interés decae y el ritmo languidece (a mi parecer, por supuesto) en los sucesivos cambios de mano, o de brida, del jamelgo.
Se supone que el episodio de los dos hermanos alemanes desertores y el de la adolescente francesita del molino están concebidos para apelar a la fibra sensible del que contempla la historia. Ya sea porque no tienen demasiados fotogramas para que, muy esquemáticos, les de tiempo a desarrollar sus personajes y caer bien al espectador, o simplemente porque Spielberg pincha, creo que a todo el mundo le trae más o menos sin cuidado el final de los hermanos teutones o las desventuras de la tierna moza,del molino y del petardo del abuelo inmersos de repente dentro del escuadrón alemán.
Cuando parece que el caballo y su película van a ser devorados por el aburrimiento, la historia remonta espectacularmente. Spielberg se mete de lleno a filmar metraje donde ya ha demostrado su maestría en otras ocasiones: las escenas de batalla y la espeluznante huida del rocín a través de las trincheras llevándose por delante todas y cada una de las más erizadas alambradas de La Gran Guerra pueden figurar en cualquier antología de momentos sublimes de la filmografía de Mister Steven, y eso que este señor tiene muchos. Simplemente espectacular.
Escena también a recordar el mano a mano entre los dos soldados con los cortaalambres. Aunque les pese a muchos, a Steven Spielberg siempre le sale algún ramalazo de genialidad.
Y final feliz, como no podía ser menos, lanzado directo al corazón del espectador (el señor de la butaca de mi izquierda lloraba desaforadamente), enmarcado en los rojos más desatados desde que la ya mencionada Escarlata O'Hara huyera del incendio de Atlanta .
En resumen, la carrera de este caballo resulta ser un espectáculo visual y sonoro soberbio, emotivo muchas veces, pero con una cabalgada irregular, que choca con algún obstáculo, cae en algún foso, para acabar llegando a la meta sano y salvo. Y al espectador (a mi también) le alegra que llegue.
Y atención al chico protagonista, Jeremy Irvine, tiene fotogenia para cabalgar tan lejos o más que su caballo.
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